Su padre, fue uno de los 20 españoles que
fundaron Santiago y organizaron el reino de Chile, por lo que, en honor a él,
esta localidad cachapoalina lleva el nombre de Lo Miranda.
Nutridos de esta historia, un grupo
de viñateros integrado por José Manuel Jiménez, Francisco Núñez y Nadia Aranda,
a través de un proyecto financiado por el Gobierno Regional de O’Higgins y
apoyado por la Fundación para la Innovación Agraria (FIA), busca agregar valor
a productos vitícolas patrimoniales de las localidades de Lo Miranda y La
Gonzalina en el Valle de Cachapoal, por medio del rescate histórico-cultural de
tradiciones presentes en las familias del territorio.
“Nuestros productores tienen como visión,
la preocupación por la persona que lo va a consumir.
No emplean ningún tipo de fertilizante
artificial, no emplean pesticidas. El control de maleza se hace en forma
totalmente manual”, destaca Juan Francisco Martínez, uno de los impulsores de
esta iniciativa que pretende implementar mejoras en la estandarización, calidad
y comercialización de estos vinos, además de ser una instancia replicable para
otros productores locales.
Todos ciento por ciento artesanales, sin
ningún proceso industrial, a fin de “seguir impulsando propuestas que ayudan a
fortalecer el sector vitivinícola de la región, el cual tiene importantes
brechas y problemáticas a resolver, entregando una alternativa a los pequeños
agricultores que no suelen contar con herramientas que les permita responder,
con un producto diferenciado, a los mercados nacionales e internacionales”.

A raíz del fuerte arraigo
histórico-cultural de la zona y como parte de este proyecto nace Mutrem, vinos
patrimoniales del Cachapoal. Uno de sus ejemplares se llama precisamente
Huicelda, vino bautizado así en homenaje a la hija del cacique Copequén.

“Yo hago un vino artesanal, casero, como
el que hacen en San Javier. Al hacer el vino, a los dos días yo le saco el
chichón y lo que queda, lo voy revolviendo. Ahí voy dándole tiempo y lo voy probando,
si lo quiero sacar más dulce o más fuerte, depende del gusto de la gente. Además,
es un vino orgánico, el que sale de aquí. Ahora casi todo se hace artificial”,
explica Francisco Núñez.
José Manuel Jiménez es oriundo de La
Gonzalina, en Rancagua. En poco más de una hectárea, cultiva sus viñedos que
datan del año 1948, cuando su abuelo del mismo nombre, lo hizo por primera vez.
Cada año cosecha la uva a mano, para la molienda
pisa el racimo entero, parcialmente deshidratado por el sol, y en la
fermentación utiliza levaduras nativas, almacenando los mostos en toneles,
localizados en una bodega de adobe.
Esta vinificación patrimonial también es
desarrollada por Nadia Aranda, dedicada a la fabricación del arrope, que su
madre y abuela doña Carmen Escanilla producían en Lo Miranda.
Esta preparación es la reducción del mosto
de uva, mediante una cocción en la que se caramelizan los azúcares y se evapora
el agua, dando como resultado un jarabe o “miel de uva”, utilizado para recetas
gastronómicas que pueden ir desde postres, adobos de carnes y para mejorar
vinos.
En ellos tan solo se emplean ciertas levaduras,
pero estos no contienen ningún tipo de aditivos, tampoco tienen colágenos, su
brillo es natural. Es un producto puro y simple”, sostiene Juan Francisco
Martínez, encargado del proyecto.
La idea es que los productores artesanales
puedan dar a conocer sus vinos en restaurantes gourmet y hoteles boutique de la
región, incorporar protocolos elaborados por enólogos profesionales y adquirir
herramientas de venta, además existe un catálogo con las variedades como el vino
carmenere “Alma”, el pipeño “Huicelda”, el asoleado “JMJ” y el arrope “Tierra
Viva, delicias del Cachapoal”.
Todo esto junto a la historia completa de
los sucesos de Lo Miranda pueden encontrarse en el sitio web www.mutrem.cl .