La “tendencia” nos nubló la
memoria, la lógica e incluso la razón. Hoy, nuestra oferta gastronómica más
popular pareciera ser una cocina internacional postiza, que rinde tributo a
culturas que poco o nada tienen que ver con la nuestra.
Cada turista que llega a
la región buscando cocina chilena de calidad simplemente no la encuentra y debe
conformarse con propuestas internacionales que, en muchos casos, presentan una
calidad muy inferior a los formatos que pretenden emular.
Entonces cabe preguntarse:
¿Cuándo perdimos el rumbo? ¿Cuándo nos convencieron de que la oferta
internacional —muchas veces imitada— era superior a la nuestra? ¿En qué momento
los cascos históricos comenzaron a llenarse de cocina peruana o múltiples ofertas
asiáticas que nada tienen que ver con nuestro formato tradicional?
La academia también tiene
responsabilidad en esta historia. Durante décadas, su metodología llenó el
mercado de estudiantes formados bajo la idolatría de las cocinas europeas.
Escuelas y colegios que jamás nos educaron desde la valoración de nuestra despensa
agroalimentaria; instituciones que omitieron un enfoque formativo ligado a
nuestra cultura culinaria.
A esto se suma una política
pública prácticamente inexistente, centrada únicamente en la lógica del
mercado. Municipios indiferentes, preocupados sólo de aumentar el número de
patentes de comida, sin importar si la oferta chilena sobrevive o desaparece —salvo
contadas excepciones—.
Salvemos nuestra cocina
Hoy, gastronómicamente
hablando, somos casi analfabetos. Muchos comensales no conocen su propia
cultura culinaria y, por supuesto, tampoco la de los demás.
La cocina chilena tecnificada
y la alta cocina, aunque rinden honores a nuestras tradiciones, tampoco están
al alcance del público general.
Pareciera que nuestra
cocina queda relegada a los pequeños locales de pueblos rurales o a quienes
pueden pagar las experiencias exclusivas de la alta gastronomía.
Los
estudiantes que ingresan a las carreras de gastronomía saben más de cultura
culinaria y productos coreanos que chilenos. Sueñan con ser pizzaiolos o con
emigrar para rendir homenaje a cocinas extranjeras.
El sinsentido alcanza su punto
máximo cuando cocineros conscientes y estudiosos se identifican como cocineros
japoneses o pasteleros franceses, como si algún cocinero de esas latitudes
siquiera conociera nuestra culinaria. Este fenómeno de desclasamiento culinario
en Chile es digno de estudio y exige una respuesta urgente.
Como decía el filósofo español
José Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no
me salvo yo.” Nuestra circunstancia es nuestra cultura, nuestra despensa,
nuestra historia alimentaria. Si no salvamos nuestra cocina, perdemos también
una parte esencial de lo que somos.
Si bien en algo se ha
revertido este fenómeno, en términos reales la cocina chilena sigue siendo
apenas una visitante dentro de su propio territorio. Nuestro vino sigue siendo
poco conocido por la masa del pueblo chileno, al igual que nuestros brebajes campesinos
y nuestra despensa tradicional.
Necesitamos política pública
ahora. Necesitamos difusión desde los medios de comunicación. Necesitamos
incentivos para el posicionamiento de la cocina chilena, herramientas
específicas enfocadas en su puesta en valor, con inversión real y no simbólica.
Necesitamos que el chileno conozca la maravilla y la perfección de su cultura culinaria. Necesitamos sentir orgullo por nuestra cocina, por sus cultores, por sus productores y por sus productos.
Necesitamos encontrarla en una oferta democrática: tradicional cuando se trate de patrimonio y tecnificada bajo estándares profesionales cuando se trate de restauración. Necesitamos volver a ser dueños de casa en nuestra propia mesa.
Debemos cubrir los eventos
públicos con nuestra tradición culinaria y recibir al turista de la mano de
productos elaborados bajo nuestra identidad, contados bajo nuestro propio
relato.
Necesitamos dignificar nuestra
potente cultura culinaria. Necesitamos volver a ser una opción de mercado.
Por Jaime Jiménez De Mendoza. Director de Carreras del área Turismo y Gastronomía, CFT Santo Tomás Rancagua. Presidente ASEGMI O’Higgins.

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